LA MALDICIÓN DEL PODER

Las dictaduras, así como todos los gobiernos unipersonales y autocráticos que acumulan poder a costa de avasallar a las instituciones autónomas que les estorban y a los otros poderes del estado, tarde que temprano terminan pareciéndose a los gobernantes a quienes criticaron o enfrentaron cuando fueron oposición y luego sustituyeron.

Las grandes revoluciones han terminado siendo un “quítate tú que ahí quiero estar yo”, pues las grandes intenciones terminan asfixiadas por la maldición del poder, que seduce a los espíritus pequeños y les hace creer que son dignos de transformar la historia para tener un lugar protagónico en ella.

En la historia latinoamericana moderna quienes se adueñaron del poder a través de las armas, como Fidel Castro, Augusto Pinochet, Castelo Branco en Brasil, Jorge Videla en Argentina, Juan María Bordaberry, en Uruguay, Ortega en Nicaragua, entre otros, tomaron control a partir de un golpe de estado.

Sin embargo, los tiempos cambian y los modos de justificar la ambición de poder se ajustan a las nuevas circunstancias políticas.

En el siglo XXI  las dictaduras toman el control a través de procesos democráticos, o sea ganando elecciones, seduciendo al electorado con mensajes populistas y promesas incumplibles, para después, ya estando en el poder, renegar de las instituciones que les permitieron llegar al gobierno, desacreditándolas, argumentando la lucha contra la corrupción. Prometiendo limpiarlas, se apropian de ellas, buscando destituir a quienes las ocupan para imponer a títeres ambiciosos que agradecerán la  oportunidad inmerecida y con ese compromiso quedarán bajo su control.

Esta fue la historia de Venezuela, pues Hugo Chávez primero intentó un golpe de estado fallido el cuatro de febrero de 1992, que lo llevó a la cárcel. 

Sin embargo, diez años después logró llegar al poder seduciendo al electorado en las elecciones de 2002 aprovechando su gran carisma. Sólo su temprana muerte, acaecida en 2013, terminó con su dictadura personal, pero dejando en su lugar a Nicolás Maduro, quien a través de elecciones muy cuestionadas y manipuladas se ha mantenido en el poder.

En otro contexto Evo Morales llegó a la presidencia de Bolivia el 22 de enero del 2006 a través de su triunfo en las urnas en la elección del 2005. 

En 2016 Evo Morales se sometió a una consulta para “revocación de mandato”, la cual perdió. Sin embargo, se negó a finalizar anticipadamente su gobierno, tal y como ordenaba la voluntad del pueblo. 

Evo también intentó perpetuarse en el poder hasta que el 10 de noviembre del 2019 se vio forzado a presentar su renuncia después de unas elecciones muy cuestionadas por fraude, a través de las cuales intentaba seguir gobernando. Sin embargo, las fuerzas armadas de su país le retiraron su apoyo cuando ordenó la represión directa a manifestantes que exigían su renuncia.

Por su parte, Daniel Ortega, después de una larga carrera como oficial de alto rango del ejército guerrillero del Frente Sandinista de Liberación Nacional, llegó a la presidencia de Nicaragua en 2007, siendo reelegido en 2011 y después en 2016. 

Sin embargo, Ortega se ha convertido en un gobernante represor, que hoy está encarcelando a sus adversarios políticos y opositores y silenciando a los medios de comunicación críticos, a fin de no tener adversarios en las elecciones del año 2022. 

Reprime con rudeza y violencia a los manifestantes. La OEA y la CIDH, o sea la Comisión Interamericana de Derechos Humanos responsabilizan a su gobierno por más de 325 asesinatos.

Ortega hoy gobierna teniendo como vicepresidente a su esposa Rosario Murillo y se ha convertido en la réplica del dictador Anastasio Somoza Debayle al cual combatió como uno de los líderes del FSLN hasta destituirlo en 1979.

El poder político en los países con instituciones débiles y democracias incipientes, corrompe. 

Lo único que puede detener a una dictadura son las instituciones fuertes, encabezadas por funcionarios guiados por principios morales sólidos y sentido de responsabilidad ciudadana.

Por ello la independencia del INE, TRIFE, el Poder Judicial, el INAI y todas las instituciones que pueden representar un contrapeso al Poder Ejecutivo, deben ser protegidas desde la sociedad. Son nuestra única garantía de vivir en democracia.

PRIMERA LLAMADA

En política nada es casual. Por ello adquiere gran significación y simbolismo que el presidente López Obrador haya decidido tener como invitado de honor en la conmemoración de lo que llamamos el día de la independencia de México al heredero de la dictadura más longeva de nuestro continente, que es la cubana. Una dictadura que va a cumplir 62 años de vida.

Miguel Diaz-Canel fue designado presidente de la república y primer secretario del Partido Comunista de ese país por la Asamblea Nacional del Poder Popular de Cuba el 10 de octubre del 2019 y evidentemente esto significa que su gobierno no nació de una elección democrática sustentada en el voto popular, sino en una decisión autoritaria de la élite política, a la cual representa.

El testigo de la conmemoración 2021 de nuestra independencia no es capaz de garantizar libertades al pueblo cubano, sino que lo reprimió con violencia en las pasadas movilizaciones. ¿Quién entiende la política desde la óptica de la 4T?

SEGUNDA LLAMADA

Nuestra idiosincrasia siente aversión por la verdad. 

Estamos conmemorando 211 años del llamado que hiciera don Miguel Hidalgo la noche del 15 de septiembre del 1810 a los pobladores de Dolores, Guanajuato y es importante explicar que la convocatoria no fue para independizarnos de España, sino del gobierno encabezado por José Bonaparte, hermano del emperador Napoleón Bonaparte, llamado también “Pepe Botella”, en alusión a su afición por las bebidas alcohólicas.

El ejército francés invadió a España y destituyó a su legítimo rey para imponer a José Bonaparte. Por ello quienes iniciaron esta lucha libertaria eran criollos, o sea hijos de españoles como don Miguel Hidalgo. Sin embargo, su objetivo inicial era deslindar a la Nueva España del país invasor de a España y traer a Fernando VII a gobernar nuestro territorio como país independiente. 

No fue sino hasta 1813 cuando Napoleón aceptó reconocer nuevamente a Fernando VII de Borbón como rey de España, después de haberlo tenido cautivo en Francia desde 1808. El monarca restituido desconoció todos los avances democráticos que durante su ausencia se habían instituido, como la Constitución de Cádiz entre otros logros. Por tanto, los insurgentes replantearon sus objetivos y pensaron ya en un país independiente como hoy lo conocemos.

Sin embargo, ignoramos a quienes en 1821 firmaron los Tratados de Córdoba, que consolidaron nuestra independencia de España.

Nuestra historia no es como desde el gobierno nos la han contado desde hace décadas, pero hoy, la siguen repitiendo igual. ¿Por qué le tememos tanto a la verdad?

¿A usted qué le parece?

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