
La semana pasada les comenté, estimados suscriptores, que una ‘guerra comercial mundial’ se estaba gestando, protagonizada (¡increíble) por Estados Unidos, con varios frentes abiertos contra Rusia, China y Alemania entre otras, naciones que -como potencias que son-, están acercándose más y más entre sí.
Los vacíos de poder que la Unión Americana está dejando se van llenando por esos y otros países, y no precisamente para bien de los estadounidenses: el aislamiento y el proteccionismo a quienes más lastima es a los consumidores del propio país que lleva a cabo esas políticas, y sus áreas de mayor influencia en otras partes del globo, una vez perdidas jamás las podrá recuperar. Un imperio en decadencia que, debemos aclarar, no comenzó su declive oficial con la administración Trump, sino cuando decidió apartarse definitivamente del patrón oro y cerró la ventanilla de cambio de dólares por el metal precioso, en aquel lejano 15 de agosto de 1971.
País que corrompe su moneda y no honra sus compromisos, tiene como destino la ruina el 100 por ciento de las veces.
En fin. El problema mayor es que las guerras comerciales tienden a degenerar en conflictos armados, porque quien recibe el golpe proteccionista no se conforma con poner la otra mejilla, sino que busca siempre responder con más restricciones comerciales al país que pegó primero. De este modo, se cae en una espiral descendente donde los agravios mutuos van empeorando, y tarde o temprano, alguien decide quitarse los guantes y sacar las pistolas y las bombas.

