Inflación: el robo en nuestra cara del que no nos damos cuenta

En esta sección le he explicado que los bancos centrales son cínicos en su afán de perseguir la inflación más alta que puedan –sin que se les ‘salga de las manos’–, porque la gigantesca bola de nieve en que se ha convertido el nivel de deuda global es tal que hace mucho que pasamos el punto de no-retorno: es impagable. Esto aplica, en especial, para la capital del sistema monetario, Estados Unidos (EU), y su dólar, para lo que vale recordar lo artificial que resulta ver una diferencia esencial entre la deuda pública y la privada. Es absurdo porque, en última instancia, quienes pagan las deudas públicas son todos los contribuyentes, como personas o como empresas privadas, que es de quienes se financia mediante el robo legal llamado ‘impuestos’.
Así que más vale ver la deuda como un todo, para el que es imposible crecer al infinito, pues por más que se patee la bomba para más adelante, tarde o temprano llega la molesta hora de pagar. Cuando los acreedores se cansan de ser sacrificados, exigen sus pagos y el castillo de naipes colapsa con efecto dominó.

Desde luego, corromper la moneda y destruir su valor mediante la inflación es la forma favorita de los bancos centrales para deshacerse del endeudamiento, porque la gente ya ni siquiera lo ve mal, dado que se ha acostumbrado a la imparable alza de precios durante generaciones. Esa nueva ‘normalidad’ constituye, en realidad, una gran anomalía.